El amor de Mariquita

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*Alejandro E. Salazar Peñaloza

            La vida de las mujeres no ha sido sencilla en ningún momento, pero siempre su valentía se ha destacado de sobremanera. La Historia casi siempre las ha relegado a un segundo plano, algo que con el tiempo ha sido desmitificado totalmente.

Este territorio caracterizado por hombres de valentía y entrega, también ha gestado mujeres de la misma altura y talla. Ellas han protagonizado los mismos hechos, aventuras y desventuras, cada una en su tiempo.

María Josefa Petrona de Todos Los Santos Sánchez, mejor conocida como Mariquita Sánchez de Thomson, vivió una de las historias dignas de una serie de Netflix. Es que su historia está atravesada por el amor, el desencuentro y las vicisitudes de una época donde los destinos de las jovencitas de ciertos status estaban ligados a los intereses y las relaciones familiares.

Para comenzar debemos ubicarnos en Buenos Aires entre los siglos XVIII y XIX, lo que comúnmente llamamos la época colonial y que culminará con la Revolución de Mayo de 1810. Aquella ciudad porteña nada tiene que ver con lo que hoy es, sus calles de barro y sus casas bajas nos remontan a un terruño anticuado. Sin embargo, la misma escondía sus secretos de amores más profundos y clandestinos, sin olvidar aquellos prohibidos y clausurados.

En el seno de la familia de los Sánchez, los problemas comenzaron cuando la joven Mariquita debía contraer matrimonio. Las nupcias eran arregladas por conveniencia de los padres, las mayoría de las veces buscaban emparentar familias de ciertos apellidos que en el futuro proporcionarían algún rédito económico. Por mandato del padre, María Josefa debía casarse con Diego de Arco; este era un español emparentado con el primer marido de su madre.

La muchacha de carácter áspero y rebelde, sólo tenía ojos para su primo, Martín Thompson, este joven de condición económica y social inferior que el candidato que sus padres tenían.

Thomson era a penas un marino de la Real Armada Española, no estaba a la altura social para llevar adelante aquellas nupcias, y además, el padre de Mariquita utilizó sus contactos con el Virrey Del Pino para “deshacerse” del capricho de su hija. De esa forma el joven Martín fue trasladado en comisión oficial a Montevideo y luego, por las dudas, a Cádiz- España.

Como era de esperar, la caprichosa (o valiente) Josefa, ante su negativa de esposarse con Diego, fue enviada a una Casa de ejercicios espirituales, un tipo de Convento. Este fue su castigo por tanta insolencia.

La muerte de su padre desesperó a su madre, quien volvió a insistir en el matrimonio arreglado, con 17 años, el no rotundo aquejaba a su madre. Por pedido expreso de arreglar asuntos familiares, Martín Thomson volvió de España a Montevideo. Su amor intacto por Mariquita lo llevó, según algunos relatos, a visitarse a escondidas con su amor prohibido.

Las presiones y las amenazas eran constantes; Martín decidido a jugársela el todo por el todo, recurrió a la jurisprudencia vigente la “Pragmática Sanción para evitar el abuso de contraer matrimonios desiguales”. Esta ley era de 1778 y sostenía el derecho de elección de los matrimonios por las partes contrayentes y en contra de las presiones familiares y/o de tutores. El enamorado llevó a juicio a la madre de Josefa, pero la decisión final la tenía el Virrey del Pino. El mismo fue removido de su cargo y asumió Sobremonte, quien sostuvo el derecho de la joven a elegir a su marido.

El 29 de junio de 1805 Martín y Josefa contrajeron matrimonio, de ese amor nacieron cinco hijos en los años siguientes, pero el destino se ensañó con los enamorados de forma caprichosa. En 1815, Thomson fue ascendido como coronel y enviado a Estados Unidos en busca de apoyo a la Revolución. Allí no pudo cumplir sus objetivos, lo cual provocó su despido por parte de Director Supremo Martín de Pueyrredón en 1817. Quedando solo y en la ruina, Thomson deambulaba por las calles de Norteamérica, pobre y enfermo. Al enterarse Mariquita envió fondos para trasladar a su amor de regreso. De retorno a Buenos Aires murió en el buque y fue tirado al mar. El corazón de María Josefa nunca pudo recuperarse de aquel dolor.

Ser viuda no iban de la mano y de los dichos de la sociedad de aquella época, con 34 años volvió a casarse con Jean-Baptiste Washington de Mendeville, que luego será nombrado cónsul francés, gracias a los contactos de su esposa, ese matrimonio se fue despedazando con el tiempo.

Aquella joven rebelde e insolente fue – y aun es- un claro ejemplo de la fuerza de aquellas mujeres que se antepusieron a los mandatos sociales y culturales de época, levantando escudos y espadas para defender sus anhelos y derechos.

 

 

*Prof. Titular- Catedra Antropología Cultural- Dpto. Historia- FFHA-UNSJ


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