El prócer de los guardapolvos blancos también escribió páginas incómodas. Una de ellas, publicada en 1842, cuestiona la mirada tradicional sobre Domingo Faustino Sarmiento y su posición frente a la presencia británica en las Islas Malvinas.
Domingo Faustino Sarmiento ocupa un lugar gigantesco —y profundamente discutido— dentro de la historia argentina.
Es recordado como escritor, periodista, educador, diplomático, gobernador de San Juan y presidente de la Nación entre 1868 y 1874. Su nombre está asociado a la expansión de la educación pública, la formación de maestros, las bibliotecas populares, el ferrocarril, el telégrafo y el desarrollo de instituciones científicas.
Para generaciones de argentinos, fue simplemente el “Padre del Aula”.
Pero Sarmiento fue mucho más complejo que esa imagen escolar.
Sus escritos contienen ideas que hoy generan fuertes controversias y que obligan a revisar al personaje histórico desde una perspectiva más amplia. Entre ellas se encuentra un texto publicado en 1842, relacionado con la ocupación británica de las Islas Malvinas.
Una frase que atravesó casi dos siglos
El episodio se remonta al 28 de noviembre de 1842.
Sarmiento se encontraba exiliado en Chile y participaba activamente de la vida intelectual y periodística de Santiago. Era uno de los principales redactores de El Progreso, periódico que había comenzado a circular ese mismo mes.
En uno de sus artículos, al reflexionar sobre la expansión europea, la navegación y la colonización, Sarmiento se refirió a la presencia británica en las Malvinas.
Con el paso del tiempo comenzó a circular una frase atribuida al sanjuanino:
“Seamos francos; su invasión es útil a la civilización y al progreso”.
La frase resume el sentido general de su postura, pero existe una precisión importante: esa versión no constituye la transcripción completa del pasaje original.
Fuentes académicas que remiten al artículo publicado en El Progreso el 28 de noviembre de 1842 reproducen un texto más extenso. Allí Sarmiento reconoce que la expansión europea podía resultar “perjudicial y ruinosa” para los pueblos americanos, pero al mismo tiempo sostiene que podía ser beneficiosa para “la humanidad y el comercio”.
La diferencia no es menor.
La frase viralizada durante décadas condensa una posición que en el documento original aparece dentro de una argumentación mucho más amplia sobre la expansión europea, la economía, el comercio y lo que Sarmiento entendía por civilización.
La polémica, por lo tanto, no nace de una cita inventada, pero tampoco debería analizarse únicamente a partir de una frase aislada.
Las Malvinas y el contexto de 1842
Para comprender el episodio hay que retroceder algunos años.
El 3 de enero de 1833, fuerzas británicas tomaron el control de las Islas Malvinas y desplazaron a las autoridades argentinas establecidas allí.
La Argentina sostiene desde entonces su reclamo de soberanía sobre el archipiélago. Décadas más tarde, en 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 2065, que reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e invitó a ambos países a negociar una solución.
Pero en 1842 la situación era muy diferente.
Sarmiento no era presidente, funcionario del Estado argentino ni representante de una posición oficial. Era un intelectual exiliado en Chile, inmerso en los debates políticos e intelectuales de su época.
Su mirada estaba profundamente influida por una concepción del mundo característica de buena parte del pensamiento occidental del siglo XIX: la oposición entre “civilización y barbarie”.
Para Sarmiento, determinados modelos europeos representaban formas de organización social, educación, economía y desarrollo que podían transformar las sociedades americanas.
Esa admiración por Europa conviviría posteriormente con una fuerte valoración del modelo estadounidense.
“Civilización y barbarie”
La idea que atravesó buena parte de la obra de Sarmiento encontró su expresión más conocida en Facundo: Civilización y Barbarie, publicado en 1845.
El libro convirtió la oposición entre ambos conceptos en una de las discusiones centrales sobre la construcción de la Argentina.
En su visión, la modernización requería educación, instituciones, comunicaciones, desarrollo económico y una transformación profunda de la sociedad.
Pero esa misma mirada tenía un costado profundamente conflictivo.
Sarmiento expresó opiniones extremadamente duras sobre los pueblos indígenas, los gauchos y otros sectores sociales que consideraba vinculados al atraso que pretendía superar.
Ahí aparece una de las grandes contradicciones de su figura.
El mismo hombre que convirtió la educación en una herramienta fundamental para construir ciudadanía podía expresar concepciones profundamente despectivas hacia determinados grupos de la sociedad.
No se trata de eliminar una de esas dimensiones para conservar únicamente la otra.
Se trata de reconocer que ambas forman parte de su pensamiento.
El Sarmiento que transformó la educación
Reducir a Sarmiento a sus opiniones más polémicas también sería una simplificación.
Durante su presidencia, entre 1868 y 1874, impulsó un ambicioso proyecto de modernización del país.
La educación ocupó un lugar central.
Se expandió la cantidad de escuelas, se promovió la formación de docentes y se impulsó la creación de escuelas normales. También se desarrollaron bibliotecas populares y se fortalecieron distintas instituciones educativas y científicas.
Según registros oficiales citados habitualmente en estudios sobre su presidencia, la población escolar pasó de aproximadamente 30.000 alumnos a más de 100.000 durante esos años.
Pero su proyecto no se limitó a las aulas.
Durante su gobierno se impulsaron el desarrollo ferroviario y telegráfico y la creación y fortalecimiento de instituciones científicas y educativas.
Entre ellas se encuentran el Observatorio Astronómico de Córdoba, el Colegio Militar y la Escuela Naval.
También se realizó el Primer Censo Nacional de 1869, una herramienta fundamental para conocer la composición de la población argentina y planificar políticas públicas.
La educación, para Sarmiento, no era simplemente una cuestión cultural.
Era un instrumento para transformar el país.
El periodista detrás del presidente
La polémica sobre las Malvinas permite, además, recuperar a un Sarmiento que muchas veces queda escondido detrás del prócer escolar.
Antes de ocupar la presidencia, fue periodista, escritor y polemista.
Su actividad intelectual estuvo marcada por el exilio y por los conflictos políticos de las primeras décadas de la Argentina independiente.
Desde Chile escribió una enorme cantidad de artículos y desarrolló buena parte de las ideas que posteriormente aparecerían en sus libros y proyectos políticos.
El artículo de El Progreso de 1842 pertenece precisamente a esa etapa.
Por eso, leerlo como si hubiera sido escrito por el Sarmiento presidente de 1868 sería un error histórico.
Se trata de un hombre más joven, exiliado y todavía en plena formación intelectual.
Eso no elimina el contenido de sus palabras, pero sí permite comprender mejor por qué fueron escritas y qué ideas las atravesaban.
El hombre detrás del prócer
Incluso un detalle aparentemente menor de su biografía demuestra cómo la memoria histórica puede construir imágenes diferentes de una misma persona.
Sarmiento nació como Faustino Valentín Quiroga Sarmiento en San Juan.
Según fuentes del Museo Histórico Sarmiento, nació el 14 de febrero de 1811 y fue inscripto al día siguiente.
Sin embargo, tradicionalmente se ha conmemorado el 15 de febrero como su fecha de nacimiento.
Murió en Asunción, Paraguay, el 11 de septiembre de 1888.
Décadas después, aquella fecha de su muerte adquiriría un nuevo significado. En 1943, la Conferencia Interamericana de Educación reunida en Panamá estableció el 11 de septiembre como fecha de homenaje a los docentes. En Argentina, la conmemoración fue oficializada en 1945.
Así nació la tradición del Día del Maestro que continúa hasta nuestros días.
Ni estatua ni caricatura
Quizás el mayor desafío sea escapar de dos extremos.
Por un lado, está la imagen del Sarmiento convertido en estatua: el maestro incansable, el fundador de escuelas y el prócer sin contradicciones.
Por otro, la tendencia a reconstruirlo exclusivamente a partir de sus frases más polémicas para convertirlo en una caricatura de todo aquello que hoy rechazamos.
Ambas perspectivas resultan insuficientes.
Sarmiento fue un hombre del siglo XIX. Sus ideas estuvieron atravesadas por los debates, prejuicios y categorías intelectuales de aquel tiempo. Algunas de esas ideas contribuyeron a proyectos de modernización que dejaron una huella profunda en la Argentina. Otras expresaron concepciones sobre pueblos, territorios y sociedades que hoy generan un rechazo legítimo y un intenso debate histórico.
La tarea de estudiar el pasado no consiste necesariamente en absolverlo ni en condenarlo.
Consiste en comprenderlo.
Leer a Sarmiento completo
La página publicada en El Progreso en noviembre de 1842 es incómoda precisamente porque rompe con una imagen demasiado sencilla del prócer.
Nos obliga a recordar que quien impulsó escuelas, bibliotecas, ciencia, ferrocarriles y comunicaciones también sostuvo ideas profundamente discutibles sobre la sociedad y la expansión europea.
Y que el Sarmiento que conocemos por los manuales escolares fue también periodista, polemista, escritor, exiliado y político.
Su legado educativo fue enorme.
Su influencia intelectual, todavía mayor.
Pero ninguna de esas cosas obliga a ignorar sus contradicciones.
Quizás comprender a Sarmiento implique justamente aceptar esa complejidad: no convertirlo en una estatua intocable, pero tampoco reducirlo a una sola frase.
Porque la historia rara vez ofrece personajes completamente buenos o completamente malos.
Ofrece seres humanos.
Y en el caso de Sarmiento, leer sus propias palabras —incluso las que resultan incómodas— permite acercarnos mucho más al hombre que existió detrás del “Padre del Aula”.

























