*Alejandro E. Salazar Peñaloza

La vida de los escritores casi siempre está ligada a su obra, a su pensamiento; su pluma recorre incansablemente su imaginación generando en el que lee un mundo atrapante, desopilante; juzgarlo es no entender la propia esencia de sus letras.

En la Argentina tenemos el privilegio de tener hombres y mujeres de una pluma implacable, de diversos estilos de letras inolvidables que con el tiempo se han convertido en clásicos que leemos y releemos sin cansarnos: Borges, Lugones, Hernández, Sarmiento, Sábato, Arlt, Storni, Ocampo, entre tantos. Sin embargo, hay otros que olvidamos en nuestras bibliotecas pero que en nuestra adolescencia supimos conocer gracias a esa querida profesora de literatura.

Hoy, y luego de ser repudiado por algunos padres y alumnos del nivel secundario, escribiré de uno de los más grandes; de sus letras sombrías que nos ponen en esa sensación de miedo y suspenso que parece acercarnos a ese dolor de lo vivido y de lo sentido, este es Horacio Quiroga.

Cruzando el chaco, como se suele decir, nació Horacio Silvestre Quiroga Forteza, en el Salto, Uruguay, un 31 de diciembre de 1878. Se cuenta que era pariente del Tigre de los Llanos (el riojano Facundo Quiroga).

La tragedia y luego los fantasmas parecieran asecharlo a lo largo de su vida como un karma permanente y feroz. La primera desventura fue presenciada en su niñez, en un accidente, su padre se disparó con su escopeta. Su madre, viuda y con su hijos, se trasladó a Córdoba, con poca fortuna. Volvió a Uruguay donde se casó nuevamente con Asencio Barcos, quien crió al niño con cariño, sin embargo la desgracia volvió sin avisar, un derrame cerebral afectó en forma permanente a la nueva figura paterna; Barcos no puedo afrontar la situación y se disparó con su pistola.

La juventud llevó a Horacio a lecturas de Lugones y de Poe, esa mezcla de suspenso y miedo parecieran concordar con su propia vida y aquellos muertos que seguramente vivían en sus recuerdos. Comenzó a hacer sus primeros escritos y colaboró con La Revista y La Reforma.

Para 1900 partió a Paris con parte de la herencia de su padre, allí conoció a Rubén Darío, literato que también marcaría su estilo. Al retorno de Francia, su apariencia de pordiosero confundió a muchos de sus allegados, con una barba que quedará en su rostro por el resto de sus días. En 1991 fundó una especie de círculo literario de un corte modernista. En este año la muerte se volvió en su contra: primero murieron sus dos hermanos en el Chaco, y luego en forma accidental, ayudando a limpiar un arma para un duelo, mató a su amigo Federico Ferrand. Tras comprobar el accidentado homicidio, partió a Buenos Aires.

Quiroga (de pie, el primero de la izquierda), su amigo Leopoldo Lugones (con brazos cruzados), Baldomero Fernández Moreno (sentado, a la izquierda) y Alberto Gerchunoff (sentado, al centro)

Estando en la ciudad porteña se desempeñó como profesor de castellano. Para 1903 partió junto a Lugones como fotógrafo a Misiones, cautivado por la naturaleza decidió comprar unos campos en el Chaco y dedicarse a la producción de algodón, algo que terminó con su fortuna y permitió un giro directo a la literatura.

 

 

Junto a Ana María Cires, su primera esposa

Para 1905 volvió a Misiones y se enamoró de una de sus alumnas, Ana María Cires, con quien tuvo su primera hija, Eglé Quiroga, y un año después a su segundo hijo, Darío. Los educó en una forma especial, se ocupó de ellos y de su educación. Se trasladó a la selva donde vivió, y luego fue nombrado Juez de Paz en el Registro Civil de San Ignacio. Su compañera de vida entró en una profunda depresión, que terminó en un suicido ingiriendo veneno. Desconsolado, volvió a Buenos Aires y comenzó a desempeñarse como Secretario en el Consulado de Uruguay, y ese mismo año una de sus obras más famosas vio la luz: “Los cuentos de la selva”. Su prestigió fue creciendo, sus cuentos eran publicados por los diarios de la época.

Junto a sus hijos del primer matrimonio.

Para 1927, volvió a Misiones, y se casó por segunda vez con María Elena Bravo, una joven que era compañera de su hija, con quien tuvo su tercera hija, María Elena. Estos años lo llevaron a una serie de problemas, que desembocaron en una prostátis, que luego derivó en un cáncer de próstata. Su segunda esposa lo abandona llevándose a su hija. Volvió a Buenos Aires para internarse, pero cansado y atormentado tomó un vaso con cianuro que terminó con su vida el 19 de febrero de1937.

Pero el manto de desgracia no terminó allí, su hija tiempo después se suicidó, su amigo Leopoldo Lugones siguió el mismo ejemplo (su motivos eran amorosos); y para 1951 su hijo también terminó con su vida.

Será que la vida se ensaña con algunos hombres atormentándolos durante todo tiempo o será solo una cuestión de mala suerte, nunca lo sabremos, lo que sí podemos testimoniar que su obra prolífica es el legado que no podemos perder de vista nunca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia. Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

(Horacio Quiroga- El almohadón de Pluma)

 

*Prof. Titular- Catedra Antropología Cultural- Dpto. Historia- FFHA-UNSJ

 


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