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En un país donde las mujeres estaban condenadas al silencio, Juana Manso se atrevió a hablar, a escribir y a enseñar lo prohibido. Nació en 1819, cuando la Patria apenas era un proyecto ensangrentado, y desde joven convirtió la palabra en un arma contra la ignorancia y la desigualdad.
Fue periodista, novelista, traductora, feminista sin permiso y, sobre todo, una revolucionaria de la educación. Desde Brasil publicó el primer periódico feminista de América Latina; desde Buenos Aires impulsó la educación laica, mixta y obligatoria. Luchó contra la memorización vacía, el castigo físico y la obediencia ciega. Defendió que enseñar debía ser una ciencia y que las niñas tenían derecho a la misma instrucción que los varones.
La llamaron “hereje del pizarrón”, “hembra docta”, “mujer que no sabe su lugar”. Le cerraron puertas, la atacaron desde púlpitos y diarios. Pero ella no retrocedió: cada insulto lo devolvía con artículos incendiarios, con planes de estudio y con bibliotecas populares. “El niño que razona será un hombre libre. La niña que piensa será una mujer peligrosa para los mediocres”, escribió.
Murió en 1875, sola y olvidada, enterrada en una fosa común. Como si quisieran borrar la voz que no pudieron domesticar. Pero su eco sigue vivo: en cada maestra que entra al aula con la cabeza alta, en cada cuaderno donde un chico aprende a pensar, en cada escuela que resiste al dogma y la ignorancia.
🇦🇷 Porque la verdadera revolución no siempre se hace con fusiles: a veces se hace con una tiza encendida.
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