El sol de la tarde hacía bailar el aire sobre los caminos de tierra de Pocito. Los grillos cantaban escondidos entre las jarillas y un viento tibio hacía mover las ramas de un enorme algarrobo.
Zoé caminaba curiosa, mirando todo a su alrededor. Le encantaba imaginar cómo habría sido ese lugar muchos, muchísimos años atrás.
De pronto vio a una mujer mayor sentada bajo el árbol. Tenía una larga trenza negra, un poncho de colores tierra y unas manos fuertes, marcadas por años de trabajar la naturaleza. Sonreía como si ya supiera que Zoé iba a llegar.
—¡Hola! —saludó Zoé con entusiasmo—. ¿Puedo sentarme con usted?
—Claro que sí, pequeña —respondió la mujer con una sonrisa cálida—. Me llaman Mariana… aunque muchos me conocen como la India Mariana.
Zoé se sentó enseguida.
—Siempre tuve una duda… ¿por qué este lugar se llama Pocito?
La mujer miró hacia los cerros, como si estuviera recordando algo muy antiguo. Luego bajó la voz.
—Acércate… esta historia solo la conocen quienes saben escuchar al viento…
Zoé abrió grandes los ojos y se acercó.
—Hace muchísimo tiempo, cuando aquí no existían calles, ni casas, ni plazas… solo había jarillas, algarrobos y senderos de tierra. Un día seguía a una vizcacha muy traviesa.
—¿Una vizcacha?
—¡Sí! Saltaba de piedra en piedra como si quisiera mostrarme algo. Yo corría detrás de ella, pero era rapidísima. De repente desapareció entre unas rocas.
Mariana sonrió.
—Cuando me acerqué encontré un pequeño pozo escondido. Era tan chiquito que apenas cabían mis dos manos. Estaba cubierto por ramas secas, hojas y piedras.
—¿Y qué había?
—Eso mismo me pregunté.
Con mucho cuidado aparté las piedras y metí la mano en el agua fresca. Entonces sentí algo duro… cuando lo saqué… ¡brillaba como un pedacito de sol!
—¡¿Oro?! —exclamó Zoé casi saltando.
—¡Exactamente! Eran pequeñas pepitas de oro, doradas como granos de maíz recién cosechado.
Zoé no podía creerlo.
—¿Se hizo rica?
Mariana soltó una carcajada.
—No, pequeña. El oro sirve de poco si uno olvida compartir.
Desde aquel día regresaba muy temprano, antes de que saliera el sol. Siempre tomaba solamente unas pocas pepitas, nunca más de las necesarias.
Con ese oro ayudaba a su gente a conseguir herramientas, alimentos, mantas para el invierno y semillas para las cosechas.
—¿Y nadie descubrió el lugar?
—Muchos intentaron seguirme. Algunos me preguntaban:
—Mariana… ¿a dónde vas tan temprano?
Yo solo respondía sonriendo:
—Voy al pocito.
Y seguía caminando.
Con el tiempo todos comenzaron a decir:
—Ahí va la India Mariana… otra vez camino al pocito.
Y así, poco a poco, ese nombre empezó a quedarse entre la gente.
Cuando años después nació el pueblo, ya nadie dudaba cómo llamarlo.
—¡Pocito! —gritó Zoé.
—Así es.
Mariana tomó un puñado de tierra y lo dejó caer lentamente entre sus dedos.
—Pero escucha bien este secreto…
El verdadero oro nunca fueron esas pepitas.
El verdadero oro fue aprender a cuidar la naturaleza, compartir con los demás y no dejar que la ambición destruyera aquello que nos da vida.
En ese instante una ráfaga de viento hizo girar hojas secas alrededor del algarrobo.
¡Fuuuuu!
Zoé cerró los ojos por un segundo.
Cuando volvió a mirar…
La India Mariana había desaparecido.
Solo quedaba el viejo árbol.
Y entre sus raíces, unas pequeñas piedras brillaban bajo el sol como si escondieran un diminuto tesoro.
Zoé sonrió.
—Creo que el pocito todavía está por aquí… solo que aparece para quienes tienen un buen corazón.
Desde aquel día, cada vez que alguien pregunta por qué el departamento se llama Pocito, Zoé cuenta la historia de la India Mariana y del misterioso Pocito de Oro, recordando que los tesoros más valiosos no siempre son los que brillan… sino los que nos enseñan a cuidar nuestra tierra y a compartir con los demás.



























