La primera Iglesia aparece cuando Cristo resucitado envía a sus apóstoles y el Espíritu Santo desciende sobre ellos en Pentecostés. Ahí nace la Iglesia en Jerusalén, no como una religión más entre muchas, sino como el Cuerpo de Cristo en la historia, formado por hombres y mujeres concretos que creen, se bautizan y se reúnen alrededor de los apóstoles.
Los Hechos de los Apóstoles cuentan que ese día se bautizaron unas tres mil personas y que la comunidad perseveraba en la enseñanza de los apóstoles, en la fracción del pan y en las oraciones. Esa descripción es la fotografía de la primera Iglesia. No se llamaban a sí mismos romanos ni ortodoxos ni protestantes, se sabían discípulos de Cristo unidos a los apóstoles.
Al frente de esa comunidad está Pedro, el pescador de Galilea al que Jesús le había dicho que sobre esa roca edificaría su Iglesia. Pedro predica en Pentecostés, confirma a los hermanos, toma la palabra en los momentos decisivos. No es un jefe político, es un testigo encargado de confirmar en la fe a los demás.
La comunidad de Jerusalén no es un club cerrado. Desde el principio se entiende a sí misma como enviada. Los apóstoles empiezan a predicar en otras ciudades, primero entre los judíos, luego entre los paganos. Muy pronto Antioquía se convierte en un centro importante y allí los discípulos reciben por primera vez el nombre de cristianos. Pero la raíz sigue estando en la misma Iglesia, una sola fe, un solo bautismo, un solo Salvador, celebrada en casas humildes y catacumbas, no en catedrales de piedra.
Con el tiempo Pedro va a Roma, corazón del Imperio. Allí derrama su sangre junto con Pablo. La primera Iglesia católica no es una institución que nace siglos después, es aquella misma Iglesia de los apóstoles que va extendiéndose desde Jerusalén hasta los confines del mundo.
Si hoy miras hacia atrás con calma entiendes que la primera Iglesia es esa comunidad de los Hechos que ora, escucha la enseñanza, celebra la santa cena y vive en comunión bajo la guía del Espíritu Santo. No había todavía las rupturas dolorosas que aparecerían siglos después, ni etiquetas enfrentadas, solo una Iglesia, santa por la gracia, sostenida por la promesa de Cristo de librarla de la muerte y el pecado.
Para un hombre serio de fe esta historia no es un dato de museo, es un llamado.
Ser cristiano hoy es pertenecer a esa misma Iglesia que empezó en Jerusalén, no a una invención moderna. Es recibir la misma fe, y dejarse gobernar por Cristo mismo. La historia cambia muchas veces de decoración, pero la primera Iglesia sigue viéndose allí donde hay enseñanza íntegra, Palabra de Dios verdadera y siendo guiados por el Espíritu Santo de Dios.



























