El «CHACHO» Peñaloza (1797-1863)

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Nació Ángel Vicente Peñaloza en Guaja, un rancherío de los Llanos riojanos, próximo a la aldea de Quiroga. Era diez años menor que Facundo y, como éste, procedía de una familia afincada en la región. Uno de sus tíos era cura —oficio que en esa época y comarca daba status— y parece haber pasado con él los años de su infancia. Su juventud, en cambio, recibió la influencia de otro tío, militar, que era comandante de las milicias de los Llanos y tenía a Juan Facundo Quiroga por subalterno. En la opción entre la sotana o la casaca, el joven Peñaloza se decidió por la milicia. Las leyendas forjadas posteriormente aluden a su prestigio entre el paisanaje, su caballerosidad y el respeto que el mismo Facundo le tenía. Era un mozo de mediana estatura, de ojos muy azules y pelo muy rubio, tipo muy frecuente en las zonas rurales riojanas. Su vecindad con los Quiroga debió dar al Chacho cierta intimidad con Facundo; asi lo sugiere la carta que éste enviaba a su mujer después de la batalla del Tala, en 1826: «Si el capitán Peñaloza falleciere de una herida que le ha tocado en suerte, tener consideración a su familia, socorrerla en cuanto puedas, que por sus méritos se lo debes en justicia».

Aquí, en el Tala, junto con su herida el Chacho recibió el grado de capitán: tenía 28 años. Desde entonces peleó al lado de Quiroga en el Rincón, en La Tablada y en Oncativo, repitiendo en estas últimas batallas la fabulosa hazaña de enlazar los cañones enemigos para arrastrarlos fuera de las líneas. No es fácil imaginar la destreza criolla requerida para semejante maniobra; es más fácil, en cambio, suponer la formación que el Chacho adquirió al lado de un jefe tan fascinante como el Tigre de los Llanos.

Después de Oncativo, Peñaloza no siguió a su general, que iba a Buenos Aires; retornó a La Rioja, llevando una vida semiclandestina ante la ocupación de la provincia por Lamadrid, que en estas operaciones era bastante bárbaro. Pero cuando Quiroga llega a Mendoza después de la batalla de Chacón, el capitán Peñaloza abandona su retiro y con otros jefes federales derroca al gobernador puesto por los unitarios en La Rioja, abre camino a su jefe, se incorpora a la División Auxiliares de los Andes en camino hacia Tucumán y participa de la batalla de la Ciudadela, ganando despachos de teniente coronel. Aquí también repitió su jactancia criolla de enlazar un cañón de a cuatro, con su caja de municiones —según Hernández— atropellando con la espada envainada. Su prestigio era tan grande como para comandar la escolta de Quiroga. Es lindo imaginar al Tigre de los Llanos y el jefe de su escolta fatigando los caminos de la república . . .

Pero el Chacho era muy diferente a su jefe. Facundo era una expresión insólita en su medio, por su nervio, su agresividad, su imaginación y hasta por los altibajos tormentosos de su espíritu; era un producto típico de las convulsiones civiles de la época, que hacían lugar al que se imponía, al que tenía vocación de poder. El Chacho era una expresión mucho más auténtica de la idiosincrasia paisana en su sencillez, su bonhomía, su ingenuidad. Era un gaucho servicial y casi iletrado, firme en sus lealtades, apegado a los regocijos menores de la vida campesina. Facundo se adapta con igual facilidad a la vida ruda del campamento como a la existencia muelle de las ciudades; en cambio, cuando al Chacho le preguntan en Chile cómo anda, contesta desoladamente «—Cómo quiere que me vaya… en Chile y a pie . . .».

Facundo era Facundo en cualquier lado; el Chacho no podía prescindir de la circunstancia que lo condicionaba. A Facundo lo amaban pero también lo temían. En cambio, nadie temblaba ante el Chacho. Ni él se hubiera sentido cómodo si tal ocurriera. Pero los dos se parecían en el prestigio popular que los rodeaba y en el coraje sobrehumano de que hacían gala cuando la ocasión lo pedía . . .

Texto: fragmento de la biografía de Ángel Vicente Peñaloza extraído del libro de Félix Luna: «Los caudillos». Planeta. Buenos Aires, 1993. p.p. 160 y 161.

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