Amigos: Para comprender el origen de nuestra música y de nuestro canto, debemos remontarnos al encuentro de dos vigorosos torrentes, el aborigen y el español, ambos poseedores de una cautivante musicalidad. El conquistador pretendió reproducir en estas tierras el ambiente musical que había dejado en España, pero chocó con el brío de una raza indígena que no estaba dispuesta a claudicar.

De la fusión de ambas razas nació una nueva expresión, la Música Criolla. Y el canto brotó de las entrañas de esta tierra y se fue transmitiendo de boca en boca, perduró en las mentes y cimentó nuestra tradición.

Por ser la manifestación de todas las sonoridades de la naturaleza, la música criolla no tuvo las mismas cadencias en la inmensidad de la llanura, en la frondosidad de la selva, en la altivez de la montaña o en la exuberancia de los ríos. Es por eso que se regionalizó apareciendo así el canto norteño, el litoraleño, el pampeano o surero, el patagónico o sureño y éste tan bello y tan nuestro, tan sentido y amado, el Canto Cuyano. Dos voces amalgamadas en dúo: una primera brillante y una segunda llena.

Cuyo posee un rico y auténtico folklore musical que lo distingue del resto del cancionero argentino. Por bullir en su sangre el orgullo hispánico y la altivez de un aborigen bizarro y a la vez sufrido, ha creado un cancionero melancólico, reflexivo, de una hondura casi filosófica, que tiene su más alto exponente en la Tonada, himno y bandera musical de los cuyanos. Plena de tonalidades y cadencias, sus bellos preludios e interludios (llamados punteos) permiten lucida participación a las guitarras y brindan el marco justo a la poesía delicada y exquisita que remata en un improvisado Cogollo, sello inconfundible que la caracteriza.

Pero en el cancionero de Cuyo el lirismo de la Tonada se codeó con el donaire de la Zamba, la alegría de la Cueca, el patriotismo del Triunfo y la picardía del Gato. Todos se abrieron paso en esta tierra y transitaron desde el rancho más humilde hasta el más elegante salón. Todo esto sin olvidar el Vals Serenata, nocturna y deliciosa trova, ofrendada, como una flor, al pie de una ventana.

Así pues, sanjuaninos, mendocinos y puntanos armonizaron sus talentos literarios y musicales para enaltecer estos ritmos cuyanos.

Sus poetas y músicos cantaron y cantan el amor al terruño, sus paisajes, sus afectos, sus vivencias, sus anhelos y su patriotismo en los ritmos mencionados.

Respondiendo a su espíritu sencillo, el cuyano no necesitó alardear con gran variedad de instrumentos para acompañar su canto. Le bastó con la Guitarra que logró pulsar con inigualable digitación y admirable buen gusto.


Amigos: Nuestro canto cuyano no debe morir.

Conservarlo o rescatarlo del olvido debe ser un compromiso a la vez que un desafío para cada uno de nosotros. Asumamos, pues, nuestro protagonismo de hoy, sabiéndonos herederos de un pasado glorioso y a la vez artesanos de un futuro que enorgullezca a nuestros hijos.

Quiera Dios que nunca enmudezcan las voces de esta tierra y que el árbol de su tradición siga dando semillas para que, desparramadas por el Zonda y el Chorrillero y acunadas por nuestras guitarras, germinen, crezcan y sean flor y fruto en nuestras almas.

M.T.Carreras de Migliozzi
De su libro “El Folklore que yo viví”

 

 


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