Fraile y obispo argentino del siglo XIX, políticamente relevante por su encendida defensa de la Constitución Argentina de 1853.

Después de la batalla de Caseros, en que fue derrotado el gobernador Juan Manuel de Rosas, la provincia de Catamarca recibió con alegría la noticia de que se iba a dictar una Constitución. Pero en la Asamblea Constituyente reunida en Santa Fe triunfó la postura liberal sobre la tradicional que restringía la libertad de cultos, sostenida por el padre Pedro Alejandrino Zenteno, diputado por Catamarca. Derrotado, Zenteno regresó a Catamarca dispuesto a hacer lo posible para evitar que la Constitución fuera aprobada por su provincia, apoyado por la población cuya postura religiosa era conocida.

El gobernador Pedro José Segura apoyó la posición de Zenteno, y una mayoría de la Legislatura se preparó a rechazar la Constitución, al menos en lo concerniente a la libertad de cultos. Para ello, preparó una manifestación que disolvería la reunión obligatoria de la población para la jura de la Constitución, la cual se celebraría el 9 de julio de 1853. Convencido de la posición antiliberal de Esquiú, Segura le encargó un sermón patriótico en ese sentido.

Sorprendentemente, este pronunció su discurso más conocido, favorable a la jura de la Constitución, conocido como Sermón de la Constitución: recordó la historia de desuniones y de guerras civiles, y se felicitó por la sanción de una Constitución que traería nuevamente la paz interna. Pero para que esa paz durara, era necesario que el texto de la Constitución quedara fijo e inmutable por un largo tiempo, que no fuera discutida por cada ciudadano, que no se le hiciera oposición por causas menores, y que el pueblo argentino se sometiera al poder de la ley: «Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin ley no hay patria, no hay verdadera libertad, existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra…»

No pudo terminar la frase, porque el auditorio lo apabulló con un cerrado aplauso. La primera resistencia a la Constitución en el interior había sido vencida, y Catamarca juró la Constitución hasta el último de sus funcionarios y personajes notables.

Su sermón alcanzó trascendencia nacional y fue copiado en la prensa de todas las provincias; la resistencia que se le podía haber hecho a la Constitución en otras provincias quedó vencida por la elocuencia de un fraile desconocido de una provincia pequeña. El texto del sermón patriótico fue impreso y difundido por el país por decreto del presidente Justo José de Urquiza. Hasta en Buenos Aires, que había rechazado el Acuerdo de San Nicolás y la Constitución, su sermón tuvo un eco inesperado, aunque de todos modos se sancionó una constitución provincial que de hecho separaba al Estado de Buenos Aires del resto del país.

La vida de Esquiú

Esquiú nació el 11 de mayo de 1826 en el pueblo de Piedras Blancas, a 17 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca. Por problemas de salud sus padres lo encomendaron a Francisco de Asís y desde entonces luciría el hábito franciscano. A los diez años entró en el noviciado del convento San Francisco, en Catamarca.

Tras estudiar filosofía y teología y obtener calificaciones sobresalientes, fue ordenado sacerdote en 1848. De gran prédica religiosa y cívica en los diarios de la época, y dolido por el enfrentamiento entre la Confederación y Buenos Aires tras la aprobación de la Constitución, se radicó en Bolivia, donde volvió a descollar.

Viajó por ciudades de Europa -en Roma estuvo con el Papa León XIII- y visitó Jerusalén. Volvió, finalmente, al país y fue nombrado obispo de Córdoba, cargo que aceptó porque dijo que no podía rechazar un pedido del Papa. Murió el 10 de enero de 1883 cuando regresaba a Córdoba tras visitar La Rioja.

Sus restos reposan en la catedral de Córdoba. Su corazón incorrupto estaba en la iglesia franciscana de Catamarca y fue robado dos veces, en 2002 y 2008. La segunda vez no apareció .

Fuente: aulaaustral.com.ar

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